martes, 31 de diciembre de 2013

De vegades



Hay veces que una despedida no tiene porque ser triste, ni emotiva, ni siquiera  tiene que ir acompañada de un abrazo; de esos en los que controlas las ganas de llorar para que no sea tan dramático. Las personas odiamos por definición las despedidas porque preferimos dejar pasar el tiempo, olvidar y que todo vuelva a su cauce de la manera más natural posible y, por qué no, para ahorrarnos el mal trago. Solemos situar las despedidas en lugares tales como una estación de tren, un aeropuerto, o en el umbral de la puerta de un ser querido bajo los efectos anestesiantes de un “Siempre te querré”.



Hay veces que simplemente se nos priva del derecho a ejercer nuestro pertinente ritual de despedida.  Saltándote ese paso nos encontramos directamente en la época del luto, que se alarga mucho más con la omisión del susodicho ritual. Aún sigo buscando culpables.



Hay veces que, en el momento que soplamos las velas de nuestro cumpleaños o una pestaña que ha pasado a mejor vida, pedimos con todas nuestras fuerzas un último encuentro para poder decir todo lo que mil veces hemos escrito en un papel en blanco o, un simple adiós.



 Y hay otras veces que cuando se nos brinda esta oportunidad simplemente nos basta con un:
 “Hasta nunca, que te vaya bien la vida.”. 





Mi regalito de fin de año.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Quince años tiene mi amor

Era  mi décimo quinto cumpleaños, 21 de Mayo, siempre soleado. Aquel año decidí celebrarlo en la playa con un número considerable de amigos. De aquellos tantísimos creo que ahora sólo me sigo viendo con cinco. Los demás se han ido perdiendo por el camino entre peleas, discrepancias y la irremediable realidad, que te lava la cara por las mañanas para que veas con un poco más de claridad. La adolescencia es como el alcohol que exalta los sentimientos y las amistades, así que todo aquel grupo de semi desconocidos eran entonces mis más íntimos amigos.
Antes de llegar al paseo marítimo paramos en un bazar chino y con el descaro necesario sacamos todo tipo de documentación falsa. Nuestros argumentos se cogían con pinzas, al igual que nuestra actitud. Era toda una aventura intentar comprar alcohol sin tener la mayoría de edad. Yo estaba sobreexcitada por la situación, me sentía desafiando las leyes del tiempo y rebelándome contra las normas establecidas por el patriarcado. ¡Qué os den, capullos!- pensé. Era una pequeña anarquista incomprendida disfrazada de masa social, bajo el patrón de jovencita de quince años disimulando su virginidad, para no desentonar. Así que una vez con el arsenal de botellas de alcohol en mano, nos dirigimos hacía la playa. Entre chicos y chicas éramos al menos veinte personas predispuestas a descubrir los famosos y peligrosos efectos del alcohol, a las 18h de la tarde. Al llegar a la playa fuimos llenando vasos y vaciando botellas a un ritmo frenético, casi ansioso. El mar cada vez tenía más oleaje, la marea subía y bajaba a nuestro antojo adolescente y yo me sentía como una auténtica estrella de rock rodeada de tantas caras conocidas. Todo iba bien, la realidad cada vez era menos trascendental, pero no por eso más incierta y todos nosotros empezamos a sincerarnos los unos con los otros, entre confesiones, risas desbocadas y algún que otro beso robado. El paisaje era idílico; el mar mediterráneo de fondo, la arena a la izquierda y nosotros encima de un conjunto de rocas, mirándolo todo des de arriba, des del palco de la vida. La zona estaba en obras, parecía una especie de collage hecho de roca y hormigón con pintadas de grafiti como colofón. Era como una pasarela que bordeaba el mar, el escenario perfecto para el final de una novela romántica o el lugar de culto donde tirar las cenizas de un ser querido. Si te aventurabas a continuarla descubrías las primeras pinceladas del futuro puerto de Badalona. Así que esa parte no pertenecía a nadie, ni a los obreros, ni a los marineros, ni a los vecinos de la zona.
Mi mejor amiga organizó un brindis en mi honor y cuando alzamos los vasos de plástico hacía el cielo, se le cayó el reloj entre dos rocas. En lugar de felicitarme empezó a maldecir todo aquello que la rodeaba casi sacando espuma por la boca. Todos nos acercamos e intentamos ayudarla a recuperar su reloj, que según decía, era el de la comunión. Se lo había regalado su abuelo, el cual aún seguía vivo en su recuerdo entre las cuatro paredes de la torre de Vilanova. Y, en un movimiento casi coreográfico todos nos apartamos dejando al descubierto la silueta a contraluz de Jesús, el Salvador. Nos miró  a todos con mirada desafiante  casi de telenovela y con voz de doblaje dijo:
-Yo recuperaré ese reloj.
En mi mente todas nos deshicimos en aplausos y gritos de deseo mientras él desfilaba por la pasarela improvisada que le habíamos creado. Así que se puso manos a la obra y se perdió entre las rocas, no sin antes guiñarle el ojo a mi amiga con sonrisa de “tranquila nena, todo irá bien”. Yo lo viví como la gran aventura de mis quince años que siempre sería recordada a la hora del vermut. Y realmente, así sería…
Jesús al entrar al socavón, vio el reloj de plata de mi amiga y con su musculoso brazo intentó llegar a él. Fue imposible. Fueron pasando los minutos y su expresión facial fue cambiando, al igual que nuestras expectativas. La resignación inundó el ambiente y yo no fui la primera que tiró la toalla, sino la principal implicada, mi amiga.
-        ¡Da igual Jesús, sal de ahí que vas a acabar haciéndote daño!
Él bajando la mirada avergonzado asintió mientras empezaba a hacer fuerzas para subir. Con los brazos se impulsó para elevarse pero no subía, con las piernas hizo fuerza y no subía, con todo el cuerpo hizo presión y no subía. Estaba atrapado. Nos pensábamos que su humor sobrepasaba los límites del buen gusto y que todo aquello no era más que una broma macabra. Pero no era así, lo desciframos por su rictus pálido y desfigurado. Tenía la pierna atrapada.
A partir de ahí todo fue muy rápido, no recuerdo el orden de lo sucedido, solo veía movimiento, mucho movimiento confuso. Y mientras tanto yo estaba quieta, inmóvil, simplemente intentando procesar toda la información y entender que había pasado ahí. Amigos míos estirando de los brazos de Jesús que lloraba y gimoteaba lo mucho que quería a su madre. La gente de alrededor se empezó a acercar; hombres que paseaban a su perro, padres con sus hijos, incluso pescadores intentaron ayudar a mi amigo que aquella tumba rocosa que él mismo había cavado. Sus llantos se entremezclaban con los de mi mejor amiga que se movía como una autista en plena crisis. Si te acercabas mucho descubrías que iba repitiendo para sí misma: “Es culpa mía, es culpa mía, es culpa mía”,  mientras se mordía los nudillos hasta sangrar.
¡Vaya cumpleaños, aquello era un cuadro!
Escuché a lo lejos la palabra “bomberos” y en un momento de cordura deduje su significado. 
¿Ya vienen los bomberos? ¡Ni hablar, yo desaparezco de aquí! 
Y en un acto de, aún no sé si fue valentía o cobardía, salí corriendo junto con una chica lejos de todo ese circo. Corrimos muchísimo, antes de que los medios de comunicación llegaran y mi madre me viera borracha. Sí, eso era lo único en lo que pensaba en aquel momento.

Siete años después, aún es inevitable recordar ese suceso sin morir de la risa.




PD: Los nombres han sido cambiados para no herir ningún tipo de sensibilidad ni exponer la intimidad de vidas ajenas.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Mi primera vez

He trabajado en los grandes teatros de Europa, bajo la dirección de grandes cabezas pensantes, interpretando los textos de los grandes autores de los últimos siglos. La verdad es que no me puedo quejar, he tenido suerte. Aunque de la suerte y el azar no me acabo de fiar, la verdad. Yo soy más de Picasso y “que las musas te pillen trabajando”. Musa, bonito nombre, me han definido así más de una vez, saben. 
Púes bien, os explicaré como logré llegar hasta aquí, y no, no tengo la fórmula secreta del éxito, y si la tuviera os puedo asegurar que la vendería muy cara. Empezaré poco a poco, con pies de plomo a explicaros mis inicios en el maravilloso mundo del teatro. Me salto mi papel de Bruja de Hansel y Gretel, y el de Ángel en una obra navideña, pasando de largo por Campanilla, por una Moira del Inframundo y también por la dicharachera narradora de la tragedia navideña “La Cerillera”. Después de hacer este fugaz recorrido por el teatro escolar, llegamos a mi primera compañía: “La Moral”. Tenía quince años y había entrado con una amiga a cursar el taller de los sábados por la mañana. Representábamos la comedia de Woody Allen “No et beguis l’aigua” y yo estaba muy contenta con mi personaje y mis compañeros. Os cuento un secreto: Mi marido sobre el escenario era un chico muy guapo y educado (había conocido pocos como él).  Aún somos amigos, así que si me estás leyendo, lo harás tarde o temprano, te mando un saludo. Él y los demás me ayudaron mucho, cogimos confianza rápido y las mañanas de sábado cada vez se me hacían más apetecibles. Yo iba notando como aquello iba pasando de ser un simple hobby a ser un pequeño gusanito que me recorría el estómago haciéndome cosquillas. Después de varios ensayos llegó el día esperado, el momento de la verdad, el todo o el nada. Realmente no dejaba de ser una pequeña muestra de teatro juvenil, de una pequeña compañía, de un pequeño barrio, de una pequeña ciudad, pero para mí era un hecho muy importante.

Aquel domingo llegué muy pronto al teatro, nos habían citado a las cuatro y la actuación era a las seis. Yo, al acabar de comer me calcé mi caperuza roja, mi cesta y me aventuré a la calle. Pensaba en caperucita porque era un cuento y un personaje con el que siempre me había sentido identificada, pero la verdad es que yo era muy mala imitadora. Durante el camino me mordí las uñas, me comí la merienda de la cesta y asusté al lobo con mis pasos rápidos de “llego tarde”, pero llegaba muy pronto.  Me paré en un bar para comprar un paquete de tabaco (si, para entonces ya fumaba), necesitaba humo en mis pulmones para apaciguar el ritmo frenético de mi caja torácica. Me fumé tres cigarrillos por el camino a modo de placebo porque, yo bien sabía que no me calmarían. Al llegar al teatro mi corazón cobró vida y salió del pecho por un momento, haciendo que mi cuerpo se agitara involuntariamente con un movimiento espasmódico que me hizo sonrojar de la vergüenza. – Empezamos bien, - pensé. 
Fui al vestuario donde estaba mi compañero preferido y la directora, estuvimos hablando de cosas ajenas al espectáculo y mi voz estaba más temblorosa que la mismísima ciudad de Chile. No sé si ellos lo notaron, pero mis cuerdas vocales pasaron de ser suaves y sensibles como las cuerdas de un arpa a  ser duras y eléctricas como las de un bajo en pleno concierto. Bebí agua y mi garganta se refrescó haciéndome olvidar el temblor de mis cuerdas vocales y, el concierto interno en el cual intervenía el corazón marcando la pulsación y el diafragma a modo de acordeón. Por fin estaba más tranquila. Me vestí, me maquillé, repasé el texto y escuché:

-¡Falta media hora!

Esas tres palabras se me clavaron en el estómago como una estaca. 
-No quiero hacer teatro, no quiero hacer teatro, no quiero hacer teatro - me repetí constantemente durante esos treinta minutos. A los cinco restantes todos nos empezamos a dar abrazos deseándonos “Mucha mierda”. Me daba vergüenza que los demás, al abrazarme, notaran cada sístole y diástole en forma de semicorcheas. Subí las escaleras y esperé, como todos, entre las bambalinas rojas de terciopelo. Olían a viejo y el espacio que éstas nos delimitaba era muy pequeño, el escenario pequeño para un bonito ataque de ansiedad inoportuno. No fue el caso. Las manos me sudaban más que nunca y aunque me las secara contra el vestido se me volvían a mojar al instante. Las piernas no me reaccionaban, estaban como dormidas, asustadas, paralizadas, no estaba segura que me fueran a reaccionar. Mi boca era como un desierto subsahariano; me sentía la boca pastosa, como si hubiera tragado arena. La lengua estaba medio muerta  posada entre los dientes y no muy dispuesta a despertar. Y todo esto, estando atenta a la situación que trascurría en escena para saber cuándo  entrar, mi señal era un disparo sordo de una pistola de fogueo. Tres, dos, uno… Bang! 
Mi pie ya estaba en el escenario, mi cabeza bajo los focos y la mirada, tal y como me habían dicho, direccionada a la tabla de luces. Empecé con la boca seca pero al par de dos minutos todo se desvaneció y el pánico se convirtió en placer y generosidad. 

Y eso es el teatro, amigos, la conversión de tus miedos en movimiento, pasión y comunicación.

Pentesilea- Heinrich Von Kleist
Febrer 2013
Col·legi de Teatre de Barcelona


domingo, 24 de noviembre de 2013

Medidas desesperadas

Mis primos tenían un precioso Husky siberiano muy dócil y obediente. Tenía, como es propio en esa raza, un ojo de cada color; uno azul cielo y otro verde oliva. Ese hecho a mi me hacía gracia porque me recordaba a una niña de clase;  Montse le pusieron sus padres y nosotros, bajo la crueldad infantil la bautizamos como “La Husky”. El perro de mis primos era mucho más dócil, amigable y cariñoso que Montse, que era un poco arisca. Un día mí perruno amigo contrajo una enfermedad incurable: “celos”, semejante a la famosa rabia canina, pero mucho más devastadora y mortal. Era un animal tan sensible y humano que éste sentimiento se le infectó hasta enquistarle el corazón. En esa época mi prima trajo al mundo a una niña monísima de grandes mofletes rosados y ojos curiosos que examinaba todo aquello que le rodeaba con especial dulzura. Mis primos estaban entregadísimos a la labor de ser padres primerizos pero todavía no se aclaraban con los horarios de sueño del bebé, ni de comida, tampoco con el ritual de cambiar los pañales, ni con el “eructito” de después de comer, que no salía.  Desde el genial acontecimiento de ser uno más en casa, el comportamiento del bueno de Husky empezó a cambiar;  al principio protegía a la niña como si fuera uno más de sus progenitores, pero poco a poco, al notar que dejaban de jugar con él para hacer biberones empezó a mostrarse más que distante con ella, incluso a gruñirle en un par de ocasiones. Mis primos, llegados este punto se vieron en la obligación de elegir entre el perro y el bebé. Después de la pertinente deliberación el perro fue llevado a su veterinario, el de toda la vida, el cual se convirtió por un momento en verdugo.
 El pequeño Husky murió el tres de Diciembre del 1999. ¿La causa? Una inyección en el lomo que le cerró los ojos,  tal como la manzana a  Blancanieves. Una vez cometido el sacrilegio mis primos no sabían qué hacer con el cuerpo, y tras contemplarlo tendido en la camilla decidieron que no querían olvidarlo, que no estaban conformes limitándose solo al recuerdo de los buenos tiempos.
 ¿Solución?
Disecarlo.
Habían dado con la clave. ¿Quién decía que no se puede tener todo en esta vida? Embalsamaron al perro y  su casa pasó del olor a desinfectante y pienso, al de potito y pañal. Todo eran ventajas, ahora tenían una nueva mesa para dejar los juguetes y trastos de la niña. Era un mueble totalmente de diseño bajo la forma del estupendo cuerpo de su antiguo y fiel amigo Husky. Era una pieza única en el mundo, con un valor sentimental que no se podía calcular con dinero.

Desde  ese momento dejé de visitar a mis primos que pasaron de ser una pareja encantadora y divertida a ser unos psicópatas sanguinarios, bajo mi mirada afectada de una niña de siete años. Con el tiempo todo se cura y hoy en día puedo decir que veo a mis primos como unos padres responsables que quieren a su  hija y no como los sádicos asesinos que se me antojaban años atrás.  Y como cuando el tiempo pasa, pasa para todos, ellos poco a poco se han ido arrugando, secando y moldeando su rictus bajo el patrón inexpresivo del fiscal de un juicio sumarísimo. Sus cabellos tienen canas, el blanco ha ido cubriendo su pelo como si les nevara encima hasta llegar a tener una cierta similitud con un husky siberiano. El bebé, como sus padres, también ha crecido y se ha convertido en una preciosa niña consentida y sin mascota que, cada vez que la veo me recuerda a  ese perro juguetón que procuraba no morderme los dedos cada vez que le premiaba con una galletita. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Sunday morning.

Era un domingo cualquiera, de una semana cualquiera de un bonito mes de Mayo. Para celebrar la llegada de Perséfone y sus infantas a la ciudad, cada sábado noche hacía un pequeño ritual en su honor para agradecerles así la llegada del sol y el color a nuestras vidas. Me ponía mis mejores atuendos; túnicas virginales, vestidos de flores y faldas que dejaban ver mi lunar de la rodilla. Cubría también mi piel de frescos ungüentos e impregnaba mi cuerpo en alcohol. Copa tras copa, frasco tras frasco me ponía en sintonía con mí alrededor y la naturaleza modernista de la metrópolis que me rodeaba. Era un ritual, sí, mi propio ritual de primavera. Y como parte del ritual, no menos importante que la anterior, está la mañana del después que, con un poco de suerte, podía pasarla acompañada de algún Semidiós griego, pero éste no era el caso.
Me desperté sobresaltada por el ruido constante de un somier oxidado, creía que era parte de mi embriagado sueño pero al abrir los ojos y contemplar mi mareada realidad me di cuenta que mis vecinos de arriba estaban pasando una pasional mañana de domingo. El reloj marcaba las diez y media y yo apenas llevaba tres horas de sueño en el cuerpo. Intenté concentrarme para volver a mi misma e imaginarme que yo era la protagonista de aquella entrañable escena conyugal. Teniendo en cuenta que mis vecinos me doblan la edad y están felizmente casados con dos niños no me pareció de más que, al menos una vez a la semana, se entregaran al placer de la carne. El sonido era monótono, constante y sosegado. Me imaginaba caricias de por medio y algún que otro “te quiero”, pero yo quería seguir durmiendo entre mis sábanas recién cambiadas.  Conseguí volver a cerrar los ojos pero a los pocos minutos un golpe seco me ensordeció los oídos. Silencio.
¿Ya está?- pensé. Pero el somier cogió carrerilla como si no hubiera ningún tipo de colchón de por medio y, a dos tiempos, empezó la orquestra sinfónica de los horrores. Gemidos agudos y tonos graves se entremezclaban con  algún que otro mote obsceno  que travesaban vilmente las paredes de mi habitación, que se convirtió en la sala de espera de un matadero en la cual decenas de cochinillos y terneros esperaban histéricos la hora de su muerte. Aquello pasó de ser una bonita, incluso graciosa estampa familiar a una insaciable sesión de sado. El ruido aterrador del hierro del somier se volvió homogéneo y los chillidos de la pareja cada vez más y más cercanos; como si me gritaran al oído, como si yo estuviera allí con ellos compartiendo su más expuesta intimidad. Me sentí voyeur por un momento y mi resaca se transformó en una preocupación maternal que nunca antes había sentido.

¿Sus hijos estarán presenciando, tal como yo el espectáculo? O incluso peor, porque si yo estaba en primera fila ellos tenían el palco VIP. Esa preocupación se convirtió en un estado físico al borde de la ansiedad y un ardor repentino me subió des de la boca del estómago hasta los pies de mi cama. Ahora todos esos graznidos y gritos de socorro de aquellos pobres animalillos histéricos,  habían pasado por la sala de tortura y colgaban goteando sangre des de mi propio techo inundando la estancia con una putrefacta olor a vómito y ron. Cogí fuerzas y decidí despegarme de las sábanas hasta llegar al piso de arriba; descalza, con apenas una camiseta y mucho por decir. Piqué tres veces al timbre convencida en todo lo que les iba a decir alegando al respeto, al descanso personal y a la intimidad. Al escuchar los pasos tras la puerta y a continuación el rostro sofocado de la pareja, un vómito ardiente de palabras volvió a subirme des de el estómago, pasando por el esófago, hasta llegar a su bonito felpudo en el cual ponía “Bienvenidos”.
 Su cara fue un poema y yo, un poco más tranquila, pasé mi resaca.

martes, 8 de octubre de 2013

Cartas a una joven aprendiz.

Te engañé, sí. Todo era mentira, un guión, un ensayo. Sé que me entiendes. Una preparación tanto tuya como mía para poder salir de aquí, salir de este cubículo húmedo en el cual un día coincidimos sin mirarnos.

Todo esto lo he hecho por mí, sobre todo por mí, pero tú también puedes salir ganando; sólo tienes que coserte la cabeza de cordero degollado y cubrirte con la piel de lobo que te tengo preparada.  Como ves es un cuento lleno de ventajas, seré sincero, también de mentiras. Yo ya soy un perro viejo y me he cansado de tu candidez; quiero que aprendas a saber detectarnos, pero eso como era de esperar no te lo enseñé dada mi condición de comerciante y mercader de emociones. Te entrené para estar preparada para la vida, pequeña. Deberías de estarme agradecida.

Todos los pajarillos que te revoloteaban y querían plantar su nido junto al tuyo ya están lejos, no puedes hacerte daño. Ya estás de nuevo con la madre tierra teniendo la perspectiva digna de un carroñero disfrazado de Colibrí. De nada, no tienes que agradecérmelo. Como último consejo te diré que no te entregues tanto pequeña. Después todo aquello que dejaste ver, toda aquella pluma que enseñaste no volverá nunca más a tu follaje que ya no es virgen ni libre de intimidad.

Lo ves, te has hecho mayor, tienes un baúl lleno de anhelos y sueños bien guardado bajo llave que nadie te arrebatará porque son tuyos y de nadie más. Creíste conocer el mío porque aún eras un aprendiz inocente y sonriente con esperanzas en la humanidad. No te culpes por ello.  Estás casi preparada para recibir el título de “individuo”, de masa homogénea de esta cosa llamada vulgarmente “vida”.

Has tenido tus merecidas vacaciones y ahora, para finalizar, solo queda una última prueba. Te pediré una cosa que no he hecho nunca bajo mi condición de maestro y ahora no lo haré, sino que lo ordenaré bajo ningún tipo de remordimiento ni empatía, tal y como dicta el manual de tirano. Cierra los ojos y escucha:

La última condición es que te entregues a tu profesor en la totalidad de la expresión “En cuerpo y alma”, el alma ya sabes que lo tengo,  así que empezaré a contar suavemente hasta tres y al acabar de pronunciar la última “ese” quiero todo tu plumaje acariciando el suelo que nos sostiene erguidos, del cual en breves minutos serás digna de pisar con total independencia de pensamiento.

Tres.

Ahora ya estás sola. Tienes el diploma con mi firma dibujado en la piel. 
Tú decides, o te quedas o te cambias.

Enhorabuena pequeña, ya eres una más!



No es por maldad, lo juro, es que me divierte el juego.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Soy el metro que se escapa,
La nata de un vaso de leche caliente,
Tu  principio y tú final,
La  dosis de realidad del amor de verano,
La resaca del día siguiente,
El despertar en casa de un desconocido,
La ventana que deja escapar la magia de un instante.

Soy la nota disonante,
El despido imprecedente,
La manzana de la Blancanieves,
El silencio incómodo de una conversación,
Las manos nerviosas que no saben dónde meterse.

Soy el azar sin culpa,
El verso sin métrica,
La rima perdida,
El ansia del poeta,
La falta de ortografía que pasa desapercibida.

Soy el monstruo del armario,
La medicina del demente.
Soy el amarillo de tu estrena,
El adiós sin beso,
La caricia compasiva,
El despecho de un plumero.
Soy el mechero que no se entiende,
La nostalgia del momento,
El “ya nos veremos” que miente.

Soy todo eso y mucho más,

Ya llegué, soy Septiembre.