Nos volvemos a ver las caras, viejo amigo. Una vez más tu por aquí. Te veo diferente, has crecido. Un año más, no? No me guardes rencor por no acordarme de ti en los últimos años. Sé que no te escribí pero no fue con mala intención, tenía otras cosas en la cabeza.
Púes sí, has sido rompedor, eso nadie va a negartelo. Empezaste bien, por todo lo alto, borracho de emociones. Luego has ido navegando, unas veces con rumbo, otras a la deriva, otras veces echamos el ancla y así vamos, como siempre, entre mil mares y mareas. Te has vuelto racional, incluso dogmático, sin ningun resquício de ritual ni tradición. Y como yo soy mujer de armas, tomar no voy a conformarme con el curso de las cosas y he buscado alternativas, recogiendo los trocitos y poniéndolos a la plancha con ajito y perejil.
Mientras tanto en la televisión resuenan villancicos, discursos de principes que se creen reyes y grandes comilonas de familias proletarias, que aún en el paro, pueden permitirse alguna que otra gamba.
Y yo por la parte que me toca sigo sin saber si existe el amor, tras mis trabajos de investigaciones, búsquedas extasiantes, teorías y prácticas, varias copas de más y alguna que otra brecha sigo sin saber si existe en su totalidad, como nos cuenta disney, nuestro sistema patriarcal, los hermanos Grimm y nuestras amigas las hadas. Sólo sé que los cuentos de hadas son para dormir a las niñas y las mariposas en el estómago son una mala pràctica alimentícia.Lo que si puedo asegurar es la existencia de las tres C de Tote King y las tres D de Dumazedier. Si juntamos eso con grandes dosis de abrazos, risas, paciéncia, el ajito, el perejil y las gambas a la plancha sale un buen menú.
Si eso es el amor, no lo sé, pero está buenísimo.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
miércoles, 14 de mayo de 2014
Rota, húmeda, quebrada por las horas y carcomida por los
recuerdos. Muñequita rota. Abierta en canal por el pecho, de un día para el
otro, sin avisar y sin anestesia. Con una colección de heridas por doquier que
se muestran con solo mirarlas y te saludan con una sonrisa. Marcas de guerra,
hijas del dolor y placer que se encuentran ocultas tras capas de arcilla,
alguna que otra caricia y mucho maquillaje.
Ella, igual de
delicada que el cristal, vulnerable a un impacto pero sensible a un buen
reflejo y un bonito paisaje. Cosida con hilos oxidados que te cierran
temporalmente las heridas y se enquistan con las lagrimas que no lloraste.
Desinfectada con el alcohol que derramaste por encima, poniéndola en carne
viva, intensa y doliente como la rosa de cualquier leyenda popular.
Con el
valor necesario para una vez desarmada y desmembrada, mirarte directamente a los ojos
lunes, 21 de abril de 2014
Viaje astral
Cariño, ya he llegado a
casa. Te aviso tal y como me has pedido, para que duermas tranquilo y nada
perturbe tus dulces sueños. Me gusta que me pidas estas pequeñas cosas. Te
siento como cuando mi papá me abrazaba muy fuerte mientras yo le acariciaba el bigote
hasta quedarme dormida. Tengo que confesar que me gustas, me gustas mucho. Pero
tengo que pedirte que me guardes el secreto y no se lo digas a nadie. Ya sabes
cómo son estas cosas, aquí todo el mundo habla más de los demás que de sí mismo
y al final acabarías enterándote, cosa que no puedo permitir.
A continuación te explicaré
mi viaje, des que nos hemos separado hasta ahora mismo que te escribo. Así
podrás comprobar que soy una niña grande y se cuidar de mi misma. Allá voy:
Aparentemente iba sola, pero
realmente he ido todo el viaje acompañada por todo tipo de personajes más o
menos reales y más vivos o más muertos. “The Libertines”, “The Pixies” e
incluso “Dorian” me ha hecho compañía. Éstos últimos me han dicho que te diga esto: “Todo lo que siento
por ti solo sabía decirlo así”. No entiendo lo que me quieren decir, la fama se
les está subiendo a la cabeza y se creen los nuevos trovadores del momento, así
que no les hago caso.
He atravesado yo solita un
campo de lechugas pisoteadas por una
vaca con mala leche enfadada por tener las ubres pequeñas,- chismorreos del
campo, ya sabes. Entonces he cogido una lechuga y me la he puesto de sombrero
para que me protegiera del sol naciente de primavera. La verdad es que no
quedaba nada mal la combinación del verde de la lechuga y el rojo de mi
cabello, estaba bien guapa. Va, te voy a regalar otra frase de mis compañeros
de viaje, que hoy estoy generosa: “Cuando aprendes a llorar por algo también
aprendes a defenderlo”. ¿Te ha gustado verdad? Sabía que te gustaría.
Una chica muy guapa princesa de un país lejano,
después de atravesarme con su mirada me ha preguntado algo extraño y yo, en mi
idioma inventado, he improvisado una respuesta. Me ha explicado que estaba
triste porque acababa de despedirse de
su enamorado caballero español y su elegante corcel. ¿Puedo hacer algo por ti?-
le dije. Con palabras me contestó que necesitaba un cigarrillo y con la mirada
que un abrazo y yo, como soy de letras, sólo le he dado un cigarrillo. Seguro
que me lo perdonará, las princesas siempre lo hacen.
He seguido mi travesía a
paso lento pero sin pausa hasta que se me ha cruzado el señor río Ebro, así que
me he decidido a saltar de cabeza y salir a flote evitando quedarme clavada en
el fondo del río. He elegido estilo mariposa para este remojón, aunque aún tengo
que perfeccionarlo un poco; la respiración se me acelera y me entra agua dulce
en los ojos, que los mantengo abiertos para no perderme detalle. Te dejaré
enseñarme un par de trucos, incluso te cederé mis alas para que me acompañes en
el movimiento y arranque el vuelo.
Una vez al otro lado del río
un lugareño con la casa a cuestas se acercaba a mí a paso de caracol. Se ha
ofrecido a secar mis ropas entre sus brazos, cosa que he rechazado amablemente
con la mejor de mis sonrisas impostadas ofreciéndole un cigarrillo. Él como
agradecimiento ha cogido un ramillete de margaritas y me las ha regalado
diciéndome que estoy más buena que el pan. Después de esto me he quedado diez
segundos quieta, sin acabar de entender sus palabras pero con la sonrisa
impoluta. Cuando por fin he salido de mi pequeño standby mental me he decidido
por pronunciar el adiós más neutro que he encontrado en mi repertorio, poner la
mirada en el horizonte y continuar.
Después de esto he sido
atacada por una manada de cebras asesinas y dinosaurios voladores que se querían comer mis
mayas verdes y mi gorro lechuga, pero he tenido la suerte de tener una buena
oratoria a la hora de explicarles que no era pasto, las piernas y un buen
spreen. Me he parado a reposar a la
sombra de una viña, aunque no eran “vinyes verdes vora el mar”, pero te las
canto igual.
¿Ya te has dormido? Aguanta
un poquito más. De debajo de las viñas reconozco una voz familiar, que tonta,
en el momento pensé que quizás habías sido tu que me habías seguido
sigilosamente procurando que no me pasara nada malo. Pero no, no eras tú… Y en
una reacción automática salí corriendo. Corrí como alma que lleva al diablo sin
parar y sin saber por qué pero mis piernas y mi orgullo no me permitían parar.
Estuve corriendo hasta que el Sol se escondió por la sierra jugando al
escondite con la Luna, y ella al verme
cual gacela me echó una carrera, a ver quien aguantaba más sin llorar.
Aún
seguimos corriendo.
Así he llegado a casa
cariño, estoy sana y salva. Un poco mojada, con el habitado por todo tipo de
bichos, las rodillas sangrando y un poco más viva. No tienes que preocuparte
por mí, sólo tienes que acunarme como a un bebé y arrancarme la piel con las
uñas cada noche.
lunes, 6 de enero de 2014
Vintage, delirante y desordenado.
3,2,1...
"Solo sueños son, son señales,
sonidos, semáforos en ámbar… Relación de conceptos.
¿El ying yang es la parte equitativa entre el
bien y el mal? Si el negro sobrepasa el blanco, castigo y viceversa. Si ando
bajo tierra con una sonrisa sin chinchetas, le doy una moneda a un violinista
entregado y solo contengo la respiración cinco veces al día, para que la
balanza este equilibrada y todo siga bien tengo que recibir a cambio; un par de
pesadillas, un gramo de inquietud y una húmeda celda, escenario del juego de
las moscas. Ahora entiendo porque la
gente odia los domingos, los domingos dan nauseas… "
--
"Tengo muchas cosas que
contarte. La vida ha pasado sin ti. La tierra ha seguido girando alrededor del
Sol y la Luna, sin ti.
Tengo historias que contarte y canciones que cantarte.
¿Y tú, me susurrarás “The show must go on” antes de irme a dormir y
desaparecerás? Como siempre he querido, y tú nunca me has concedido. Creo que
ha llegado la hora de dejarme elegir entre
arsénico y cianuro. Ya no eres nadie aquí. Tu nombre sigue apareciendo a
modo de etapa de aprendizaje, de un ciclo superior de extrarradio y de mis “yo
nunca”.
Demasiada casualidad. Parpadeas
a contratiempo. Me vas y me vienes. Te vas. Y no, no te iré a buscar.
*
Con tiempo, distancia y
perspectiva siento contradecirte a ti y a la narradora, pero no. No tengo
muchas cosas que contarte, ni siquiera unas pocas. No tengo nada que contarte.
Yo no lo siento."
--
"iniciativa.
Per tu, per mi, per nosaltres...
Cal un pas. Un
peu amb una cama o un dit amb una mà; i l’anhel . L’anhel que s’allarga, des de
les extremitats fins a l’infinit, fins a sortir del propi cos per expandir-se
per l’espai, trencant parets, barreres i conceptes d’espai/temps. Creix més de pressa
que el pensament ,creix a un ritme intern, al ritme del batec i de l’impuls.
Cal només un pas , un pas o una empenta... i
s’allarga.
No s’atura mai
encara que vulguis. Encara que contraguessis tots els músculs del cos fins
arribar a l’asfixia, encara que la porositat de la teva pell jugués a fet i a
amagar amb la teva confiança i ,encara que no ho creguis, continua creixent .
Només un bocí si us plau. El puntet de la i."
![]() |
| Yuko Shimizu- Into the water |
martes, 31 de diciembre de 2013
De vegades
Hay veces que una despedida no tiene porque ser triste, ni
emotiva, ni siquiera tiene que ir
acompañada de un abrazo; de esos en los que controlas las ganas de llorar para
que no sea tan dramático. Las personas odiamos por definición las despedidas
porque preferimos dejar pasar el tiempo, olvidar y que todo vuelva a su cauce de
la manera más natural posible y, por qué no, para ahorrarnos el mal trago. Solemos
situar las despedidas en lugares tales como una estación de tren, un aeropuerto,
o en el umbral de la puerta de un ser querido bajo los efectos anestesiantes de
un “Siempre te querré”.
Hay veces que simplemente se nos priva del derecho a ejercer
nuestro pertinente ritual de despedida.
Saltándote ese paso nos encontramos directamente en la época del luto,
que se alarga mucho más con la omisión del susodicho ritual. Aún sigo buscando
culpables.
Hay veces que, en el momento que soplamos las velas de
nuestro cumpleaños o una pestaña que ha pasado a mejor vida, pedimos con todas
nuestras fuerzas un último encuentro para poder decir todo lo que mil veces
hemos escrito en un papel en blanco o, un simple adiós.
Y hay otras veces que
cuando se nos brinda esta oportunidad simplemente nos basta con un:
“Hasta
nunca, que te vaya bien la vida.”.
Mi regalito de fin de año.
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Quince años tiene mi amor
Era mi décimo quinto cumpleaños, 21 de Mayo,
siempre soleado. Aquel año decidí celebrarlo en la playa con un número
considerable de amigos. De aquellos tantísimos creo que ahora sólo me sigo
viendo con cinco. Los demás se han ido perdiendo por el camino entre peleas,
discrepancias y la irremediable realidad, que te lava la cara por las mañanas
para que veas con un poco más de claridad. La adolescencia es como el alcohol
que exalta los sentimientos y las amistades, así que todo aquel grupo de semi
desconocidos eran entonces mis más íntimos amigos.
Antes de llegar al paseo marítimo
paramos en un bazar chino y con el descaro necesario sacamos todo tipo de
documentación falsa. Nuestros argumentos se cogían con pinzas, al igual que
nuestra actitud. Era toda una aventura intentar comprar alcohol sin tener la
mayoría de edad. Yo estaba sobreexcitada por la situación, me sentía desafiando
las leyes del tiempo y rebelándome contra las normas establecidas por el
patriarcado. ¡Qué os den, capullos!- pensé. Era una pequeña anarquista
incomprendida disfrazada de masa social, bajo el patrón de jovencita de quince
años disimulando su virginidad, para no desentonar. Así que una vez con el
arsenal de botellas de alcohol en mano, nos dirigimos hacía la playa. Entre
chicos y chicas éramos al menos veinte personas predispuestas a descubrir los
famosos y peligrosos efectos del alcohol, a las 18h de la tarde. Al llegar a la
playa fuimos llenando vasos y vaciando botellas a un ritmo frenético, casi
ansioso. El mar cada vez tenía más oleaje, la marea subía y bajaba a nuestro
antojo adolescente y yo me sentía como una auténtica estrella de rock rodeada
de tantas caras conocidas. Todo iba bien, la realidad cada vez era menos
trascendental, pero no por eso más incierta y todos nosotros empezamos a
sincerarnos los unos con los otros, entre confesiones, risas desbocadas y algún
que otro beso robado. El paisaje era idílico; el mar mediterráneo de fondo, la
arena a la izquierda y nosotros encima de un conjunto de rocas, mirándolo todo
des de arriba, des del palco de la vida. La zona estaba en obras, parecía una
especie de collage hecho de roca y hormigón con pintadas de grafiti como colofón.
Era como una pasarela que bordeaba el mar, el escenario perfecto para el final
de una novela romántica o el lugar de culto donde tirar las cenizas de un ser
querido. Si te aventurabas a continuarla descubrías las primeras pinceladas del
futuro puerto de Badalona. Así que esa parte no pertenecía a nadie, ni a los
obreros, ni a los marineros, ni a los vecinos de la zona.
Mi mejor amiga organizó un
brindis en mi honor y cuando alzamos los vasos de plástico hacía el cielo, se
le cayó el reloj entre dos rocas. En lugar de felicitarme empezó a maldecir
todo aquello que la rodeaba casi sacando espuma por la boca. Todos nos
acercamos e intentamos ayudarla a recuperar su reloj, que según decía, era el
de la comunión. Se lo había regalado su abuelo, el cual aún seguía vivo en su
recuerdo entre las cuatro paredes de la torre de Vilanova. Y, en un movimiento
casi coreográfico todos nos apartamos dejando al descubierto la silueta a
contraluz de Jesús, el Salvador. Nos miró
a todos con mirada desafiante
casi de telenovela y con voz de doblaje dijo:
-Yo recuperaré ese reloj.
En mi mente todas nos deshicimos
en aplausos y gritos de deseo mientras él desfilaba por la pasarela improvisada
que le habíamos creado. Así que se puso manos a la obra y se perdió entre las
rocas, no sin antes guiñarle el ojo a mi amiga con sonrisa de “tranquila nena,
todo irá bien”. Yo lo viví como la gran aventura de mis quince años que siempre
sería recordada a la hora del vermut. Y realmente, así sería…
Jesús al entrar al socavón, vio el
reloj de plata de mi amiga y con su musculoso brazo intentó llegar a él. Fue imposible.
Fueron pasando los minutos y su expresión facial fue cambiando, al igual que
nuestras expectativas. La resignación inundó el ambiente y yo no fui la primera
que tiró la toalla, sino la principal implicada, mi amiga.
-
¡Da igual Jesús, sal de ahí que vas a acabar
haciéndote daño!
Él bajando la mirada avergonzado
asintió mientras empezaba a hacer fuerzas para subir. Con los brazos se impulsó
para elevarse pero no subía, con las piernas hizo fuerza y no subía, con todo
el cuerpo hizo presión y no subía. Estaba atrapado. Nos pensábamos que su humor
sobrepasaba los límites del buen gusto y que todo aquello no era más que una
broma macabra. Pero no era así, lo desciframos por su rictus pálido y
desfigurado. Tenía la pierna atrapada.
A partir de ahí todo fue muy
rápido, no recuerdo el orden de lo sucedido, solo veía movimiento, mucho
movimiento confuso. Y mientras tanto yo estaba quieta, inmóvil, simplemente
intentando procesar toda la información y entender que había pasado ahí. Amigos
míos estirando de los brazos de Jesús que lloraba y gimoteaba lo mucho que
quería a su madre. La gente de alrededor se empezó a acercar; hombres que paseaban
a su perro, padres con sus hijos, incluso pescadores intentaron ayudar a mi
amigo que aquella tumba rocosa que él mismo había cavado. Sus llantos se
entremezclaban con los de mi mejor amiga que se movía como una autista en plena
crisis. Si te acercabas mucho descubrías que iba repitiendo para sí misma: “Es
culpa mía, es culpa mía, es culpa mía”, mientras se mordía los nudillos hasta sangrar.
¡Vaya cumpleaños, aquello era un
cuadro!
Escuché a lo lejos la palabra “bomberos”
y en un momento de cordura deduje su significado.
¿Ya vienen los bomberos? ¡Ni
hablar, yo desaparezco de aquí!
Y en un acto de, aún no sé si fue valentía o
cobardía, salí corriendo junto con una chica lejos de todo ese circo. Corrimos
muchísimo, antes de que los medios de comunicación llegaran y mi madre me viera
borracha. Sí, eso era lo único en lo que pensaba en aquel momento.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Mi primera vez
He trabajado en los grandes teatros de Europa, bajo la dirección de grandes cabezas pensantes, interpretando los textos de los grandes autores de los últimos siglos. La verdad es que no me puedo quejar, he tenido suerte. Aunque de la suerte y el azar no me acabo de fiar, la verdad. Yo soy más de Picasso y “que las musas te pillen trabajando”. Musa, bonito nombre, me han definido así más de una vez, saben.
Púes bien, os explicaré como logré llegar hasta aquí, y no, no tengo la fórmula secreta del éxito, y si la tuviera os puedo asegurar que la vendería muy cara. Empezaré poco a poco, con pies de plomo a explicaros mis inicios en el maravilloso mundo del teatro. Me salto mi papel de Bruja de Hansel y Gretel, y el de Ángel en una obra navideña, pasando de largo por Campanilla, por una Moira del Inframundo y también por la dicharachera narradora de la tragedia navideña “La Cerillera”. Después de hacer este fugaz recorrido por el teatro escolar, llegamos a mi primera compañía: “La Moral”. Tenía quince años y había entrado con una amiga a cursar el taller de los sábados por la mañana. Representábamos la comedia de Woody Allen “No et beguis l’aigua” y yo estaba muy contenta con mi personaje y mis compañeros. Os cuento un secreto: Mi marido sobre el escenario era un chico muy guapo y educado (había conocido pocos como él). Aún somos amigos, así que si me estás leyendo, lo harás tarde o temprano, te mando un saludo. Él y los demás me ayudaron mucho, cogimos confianza rápido y las mañanas de sábado cada vez se me hacían más apetecibles. Yo iba notando como aquello iba pasando de ser un simple hobby a ser un pequeño gusanito que me recorría el estómago haciéndome cosquillas. Después de varios ensayos llegó el día esperado, el momento de la verdad, el todo o el nada. Realmente no dejaba de ser una pequeña muestra de teatro juvenil, de una pequeña compañía, de un pequeño barrio, de una pequeña ciudad, pero para mí era un hecho muy importante.
Aquel domingo llegué muy pronto al teatro, nos habían citado a las cuatro y la actuación era a las seis. Yo, al acabar de comer me calcé mi caperuza roja, mi cesta y me aventuré a la calle. Pensaba en caperucita porque era un cuento y un personaje con el que siempre me había sentido identificada, pero la verdad es que yo era muy mala imitadora. Durante el camino me mordí las uñas, me comí la merienda de la cesta y asusté al lobo con mis pasos rápidos de “llego tarde”, pero llegaba muy pronto. Me paré en un bar para comprar un paquete de tabaco (si, para entonces ya fumaba), necesitaba humo en mis pulmones para apaciguar el ritmo frenético de mi caja torácica. Me fumé tres cigarrillos por el camino a modo de placebo porque, yo bien sabía que no me calmarían. Al llegar al teatro mi corazón cobró vida y salió del pecho por un momento, haciendo que mi cuerpo se agitara involuntariamente con un movimiento espasmódico que me hizo sonrojar de la vergüenza. – Empezamos bien, - pensé.
Fui al vestuario donde estaba mi compañero preferido y la directora, estuvimos hablando de cosas ajenas al espectáculo y mi voz estaba más temblorosa que la mismísima ciudad de Chile. No sé si ellos lo notaron, pero mis cuerdas vocales pasaron de ser suaves y sensibles como las cuerdas de un arpa a ser duras y eléctricas como las de un bajo en pleno concierto. Bebí agua y mi garganta se refrescó haciéndome olvidar el temblor de mis cuerdas vocales y, el concierto interno en el cual intervenía el corazón marcando la pulsación y el diafragma a modo de acordeón. Por fin estaba más tranquila. Me vestí, me maquillé, repasé el texto y escuché:
-¡Falta media hora!
Esas tres palabras se me clavaron en el estómago como una estaca.
-No quiero hacer teatro, no quiero hacer teatro, no quiero hacer teatro - me repetí constantemente durante esos treinta minutos. A los cinco restantes todos nos empezamos a dar abrazos deseándonos “Mucha mierda”. Me daba vergüenza que los demás, al abrazarme, notaran cada sístole y diástole en forma de semicorcheas. Subí las escaleras y esperé, como todos, entre las bambalinas rojas de terciopelo. Olían a viejo y el espacio que éstas nos delimitaba era muy pequeño, el escenario pequeño para un bonito ataque de ansiedad inoportuno. No fue el caso. Las manos me sudaban más que nunca y aunque me las secara contra el vestido se me volvían a mojar al instante. Las piernas no me reaccionaban, estaban como dormidas, asustadas, paralizadas, no estaba segura que me fueran a reaccionar. Mi boca era como un desierto subsahariano; me sentía la boca pastosa, como si hubiera tragado arena. La lengua estaba medio muerta posada entre los dientes y no muy dispuesta a despertar. Y todo esto, estando atenta a la situación que trascurría en escena para saber cuándo entrar, mi señal era un disparo sordo de una pistola de fogueo. Tres, dos, uno… Bang!
Mi pie ya estaba en el escenario, mi cabeza bajo los focos y la mirada, tal y como me habían dicho, direccionada a la tabla de luces. Empecé con la boca seca pero al par de dos minutos todo se desvaneció y el pánico se convirtió en placer y generosidad.
Y eso es el teatro, amigos, la conversión de tus miedos en movimiento, pasión y comunicación.
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| Pentesilea- Heinrich Von Kleist Febrer 2013 Col·legi de Teatre de Barcelona |
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